miércoles, 8 de septiembre de 2021

Estamos viviendo la moda de lo erótico

 

Estamos viviendo la moda de lo erótico

No es preciso acudir a las playas veraniegas para comprobarlo con la práctica del «top-less». En las grandes y en las no tan grandes ciudades basta asomarse a los quioscos de Prensa para comprar porno de virgenes, a las carteleras de los espectáculos o repasar las secciones de anuncios por palabras de determinados periódicos, cuyo contenido rebasa lo puramente erótico para adentrarse en las oscuras anfractuosidades de lo pomo. Donde acaba lo erótico y donde empieza lo pomo, es tema que ha venido discutiéndose con insistencia y con escaso éxito. Imágenes, fotografías, escenas de cine y de teatro que unos califican simplemente de eróticas, resultan para otros de una pornografía inaceptable. Uno no sabe bien e imagina que, como todo en este mundo, la distinción entre lo erótico y lo pomo depende del cristal con que se mire y de mangas más o menos anchas, no sólo en el terreno de la moral, sino también en el de la estética.



Los españoles somos proclives al mimetismo, y con las nuevas tendencias a la europeización de nuestras costumbres, más bien dados a adoptar todo aquello que, además de inútil, resulta de dudoso gusto. Temo que tal actitud posea categoría de verdad histórica y que España, a la hora de importar usos extranjeriles, opte por lo peor, al tiempo que con increíble y pacata timidez monjil, se resiste a exportar, en lo moral, las tradicionales buenas maneras que privan o privaban en la sociedad española. Tal afirmación, si no nos acredita de país más ético que los demás, sí nos cualifica como partidarios de mantener nuestra fachada limpia, lo cual no hay que confundir con hipocresía, sino con un innato pudor y con el deseo de conservar nuestra intimidad a salvo.

La vigente Constitución consagra de modo rotundo el respeto a la intimidad de las personas. Pero uno haría de buena gana una interpretación lata de dicho principio y entendería como Intimidad de las personas todo aquello que, en cualquier forma o manifestación pueda referirse a los plurales aspectos de la vida privada, tanto espirituales como materiales. Un individuo bien formado debe saber desde la adolescencia qué es el amor, conocer suficientemente la anatomía de los cuerpos humanos y como cumple a ciudadanos de ideas claras en lo ético y en lo estético, tener, al menos, en cuenta que ciertos modos de producirse en público pueden herir, como anuncian las carteleras de ciertos cines, la sensibilidad del espectador. En consecuencia, la moda de lo erótico nos resulta molesta, la aceptación de las maneras «gay», degradante, y el «top-less», vigente en nuestras playas y piscinas, ridículo, y en la mayor parte de los casos, antiestético y angustioso, que es el atributo que acompaña a todo aquello que no es bello.

Kierkegaard, que, por saber de angustia, hasta escribió un tratado sobre el tema, llega a la exageración de afirmar que «la angustia hállase también en su lugar en el goce erótico; aun cuando lo erótico se exprese todo lo bello, pura y moralmente que sea posible, existe en él la angustia». No vamos a indagar si la angustia en lo erótico, como postulaba Kierkegaard, es consecuencia del pecado original. Sería, quizá, ir innecesariamente demasiado lejos. Nos limitamos, pues, simple y llanamente, a denunciar la expresión erótica extema como un absurdo atentado a la intimidad de las personas y a la estética, patrimonio común de todos los hombres.

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